Norton I, el Emperador de Estados Unidos

Por Isidro Calderón

Los orígenes de Joshua Abraham Norton, el hombre que acabaría convirtiéndose en el primer y único emperador de Estados Unidos, son inciertos, pero lo que está claro es que desde luego no tenía ningún tipo de parentesco con la realeza. Nacido probablemente en 1819 en Inglaterra, pasó la mayor parte de su infancia y de su juventud en Sudáfrica. En 1849 recibe 40.000 dólares como herencia paterna y decide trasladarse a San Francisco. En los siguientes años se dedicó a los negocios y no le fue nada mal, consiguiendo amasar una pequeña fortuna que, sin embargo, no tardó en perder. Completamente arruinado, se declaró en bancarrota y abandonó San Francisco.

Cuando nueve meses después regresó a la ciudad ya mostraba síntomas de estar mentalmente perturbado. El 17 de septiembre de 1859 Norton se vistió con el uniforme de gala de la armada, se puso su sombrero de castor adornado con una pluma de pavo real y se dirigió a las oficinas del San Francisco Bulletin, donde exigió que se publicara en primera plana su autoproclamación como emperador de los Estados Unidos. El edicto decía lo siguiente: «A petición, y por deseo, perentorio de una gran mayoría de los ciudadanos de estos Estados Unidos, yo, Joshua Norton, antes de Bahía de Algoa, del Cabo de Buena Esperanza, y ahora por los pasados 9 años y 10 meses de San Francisco, California, me declaro y proclamo emperador de estos Estados Unidos; y en virtud de la autoridad de tal modo investida en mí, por este medio dirijo y ordeno a los representantes de los diferentes Estados de la Unión a constituirse en asamblea en la Sala de Conciertos de esta ciudad, el primer día de febrero próximo, donde se realizarán tales alteraciones en las leyes
existentes de la Unión como para mitigar los males bajo los cuales el país está trabajando, y de tal modo justificar la confianza que existe, tanto en el país como en el extranjero, en nuestra estabilidad e integridad». Además asumió el papel de Protector de México, según él «dada la incapacidad de los mexicanos de regir sus propios asuntos».

Norton I, engalanado


El director del periódico decidió publicar la nota con tono humorístico y, de esta manera, Norton I, Emperador de los Estados Unidos, empezó su imaginario reinado. De la noche a la mañana se convirtió en un personaje muy popular en toda San Francisco. Lo más sorprendente es que todo el mundo decidió seguirle el juego y darle la razón, por lo que, aunque carecía de poder político real, a efectos prácticos Norton I mantuvo una vida de auténtico emperador. La corte quedó establecida en un viejo edificio de apartamentos en alquiler. Norton se pasaba los días paseándose por sus dominios, correspondiendo con toda solemnidad a las reverencias de sus súbditos y comprobando que todo funcionara correctamente, que las calles estuvieran limpias, los bienes públicos en buen estado, que los autobuses cumplieran con su horario o que todo estuviera debidamente vigilado por agentes de policía. Cada domingo visitaba una iglesia diferente para evitar que hubiera conflictos entre ellas.
Con el tiempo los habitantes de San Francisco se acosumbraron a Norton I e incluso llegaron a amarlo y a venerarlo. Por su parte, Norton, que apenas tenía dinero, llevaba una vida muy sencilla. Sin embargo, medio en serio medio en broma, sus súbditos aceptaron mantenerlo generosamente. Se le invitaba a comer en los mejores restaurantes, tenía un palco reservado en todos los teatros y muchos comercios añadieron placas en su honor, afirmando que contaban con la aprobación imperial, lo que llegó a convertirse en una garantía de prosperidad. Cuando Norton I entraba en la ópera todos los asistentes se ponía de pie y guardaban silencio hasta que él se sentaba.

Un ejemplo del poder que se le otorgó a Norton es lo que ocurrió con la Central Pacific. Esta compañía ferroviaria se negó a invitar a Norton a comer en uno de sus vagones, por lo que el emperador no tardó en proclamar un edicto disolviéndola. Tan mala publicidad le ocasionó este episodio a la compañía que tuvieron que pedirle perdón públicamente y para enmendar el terrible error le regalaron un pase vitalicio. Algo parecido sucedió con el First National Bank. El emperador emitió su propia moneda ‒de 15 centavos y de 5 y 10 dólares‒, que era aceptada en todas partes sin mayores pegas. En una ocasión quiso cambio de 100 dólares en el First National Bank y se le negó la operación, así que, ni corto ni perezoso, sacó una nueva proclamación contra la entidad bancaria. El ayuntamiento de San Francisco no tuvo ningún problema en declarar la validez total de los billetes de Norton I y a partir de ese momento se convirtió en una especie de moneda local e incluso era posible cambiarlos por dólares de verdad.



No fue ese el único gesto que el ayuntamiento de San Francisco tuvo con el emperador. Con el tiempo el uniforme de Norton se echó a perder, lo que según sus palabras constituía una «desgracia nacional». Así que el ayuntamiento aprobó una subvención para comprar un nuevo uniforme y para que no se volviera a repetir dio vía libre a una especie de «impuesto Norton» de 50 centavos semanales para los comercios y 3 dólares semanales para los bancos. En deferencia Norton I repartió títulos nobiliarios entre los miembros del consistorio.

Sus decretos eran recibidos con alegría por sus súbditos. Los periódicos competían entre ellos para publicarlos e incluso hubo algún periódico que publicó algún edicto falso para aumentar las ventas, lo que causó la desaprobación de Norton I. Una semana más tarde de autoproclamarse emperador destituyó al presidente y, para evitar la corrupción, disolvió el Congreso de Estados Unidos. Más adelante, viendo que el Congreso no desaparecía, decidió permitir a regañadientes su existencia. A lo largo de los años Norton I fue lanzando nuevos decretos, algunos de ellos verdaderamente curiosos o ridículos, como ordenar a las Iglesias católica romana y protestante que le coronasen emperador, disolver los partidos demócrata y republicano, proponer la creación de una Sociedad de Naciones, emitir bonos imperiales o prohibir los enfrentamientos por cuestiones religiosas. Al estallar la guerra civil en 1861 convocó a San Francisco a los presidentes Lincoln y Jefferson Davis para mediar entre ellos. Como no se presentaron ordenó tajante un alto el fuego.


Aunque todo era una broma, fue un dirigente magnánimo, justo y honrado, lo que despertaba el cariño y la admiración de sus súbditos. En 1867 Armand Barbier, un joven oficial de policía, le confundió con un vagabundo y lo arrestó. Los periódicos no tardaron en hacerse eco de este terrible suceso y los vecinos de San Francisco se indignaron. Patrick Crowley, jefe de la policía, le liberó y emitió una disculpa formal en nombre del departamento de policía. Una delegación de concejales del ayuntamiento fue a visitarle a su residencia para pedirle perdón.
Norton I otorgó el perdón real al joven Barbier y a partir de ese día la policía siempre le trató con el mayor de los respetos.


Cuando el 8 de enero de 1880 Norton I falleció en mitad de la calle víctima de un ataque de apoplejía toda la ciudad lloró su muerte. El San Francisco Chronicle publicó una necrológica que decía: «Sobre el sucio pavimento, en la oscuridad de la noche lluviosa, Norton I, emperador de los Estados Unidos de América y protector de México por la Gracia de Dios, encontró ayer la cristiana muerte». Aunque Norton I había muerto en la pobreza más absoluta, los miembros del Club Pacific, una asociación de empresarios, costearon un funeral por todo lo alto. A él asistieron más de 30.000 personas, con un cortejo que llegó a alcanzar más de 3 kilómetros. Una de las necrológicas aparecidas en un periódico de la época explica por qué la ciudad de San Francisco llegó a quererlo tanto: «El Emperador Norton no mató a nadie, no robó a nadie, no se apoderó de la patria de nadie. De la mayoría de sus colegas no se puede decir lo mismo».


Fuente: La Piedra de Sisifo (Alejandro Gamero)


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