Martín Merino, el cura que intentó matar a la reina Isabel II

Por Isidro Calderón

Un tipo que se vio envuelto en más de un problema debido a sus radicales posturas políticas y sobre todo por un negocio como prestamista que le proporcionó abundantes denuncias por usura.

Regicidio-de-Merino

Recién iniciados los años 20, del siglo XIX, Martín Merino llegó a Madrid proveniente de la zona de Logroño donde se había criado y pasado los primeros años de juventud. Pronto destacó más por su activismo político contra el absolutismo de Fernando VII y a favor del liberalismo tan perseguido en aquellos tiempos, que por su trabajo como capellán.
Este peculiar personaje conocido en aquella época como el ‘cura Merino’ llegó a pisar la prisión al involucrarse en algún que otro rifirrafe callejero e incluso por insultar e increpar al mismísimo Rey Felón o participar en las revueltas producidas a raíz del levantamiento protagonizado por la Guardia Real en julio de 1822, bajo el propósito de restaurar el absolutismo tras el periodo del Trienio Constitucional.

Tras esa ajetreada y activa vida política de Martín Merino que le propició más problemas que satisfacciones, el religioso decidió poner tierra de por medio y a lo largo de los siguientes veinte años anduvo ejerciendo como cura por diferentes parroquias francesas.


Del periodo de tiempo que pasó en Francia poco o nada ha trascendido, por lo que todo hace suponer que llevó una vida tranquila en la que se dedicó a sus labores pastorales y que en pocos o ningún problema se metió.

Muy distinto fue a partir de 1841, año en el que decide volver a Madrid y se coloca a trabajar como capellán en la céntrica iglesia de San Sebastián de la calle Atocha. Un golpe de suerte en la entonces llamada ‘Lotería Moderna’ le hizo ganar un par de años después un premio en metálico de cien mil reales, una astronómica cifra para aquellos tiempos.

Y supo invertir muy bien lo obtenido con el premio ya que comenzó a gestionar un negocio en el que prestaba dinero a unos intereses altísimos. Algo que le proporcionó innumerables denuncias, al ser acusado de usurero y un buen número de peleas con aquellos a los que había prestado alguna cantidad y a los que les exigía que le devolviesen muchísimo más de lo estipulado en aquel tiempo en ese tipo de transacciones.

Los turbios y mezquinos negocios del cura Merino llegaron hasta oídos del arzobispado, decidiendo trasladarlo a la iglesia de San Miguel, la cual se encontraba junto al Palacio Arzobispal y desde donde podrían controlar mucho mejor los tejemanejes de este singular personaje. Pero no tardó a ser expulsado de allí también, por lo que el religioso decidió continuar su labor pastoral como ‘saltatumbas’. A pesar del llamativo nombre de este trabajo, el mismo consistía en asistir y oficiar entierros.

Numerosas eran las ocasiones en las que Martín Merino se veía envuelto en medio de alguna discusión política y gritando consignas contra el Presidente del Consejo de Ministros Ramón María Narváez, a quién culpaba de la mala marcha del país. Ese odio hacia el político y militar llevaron al cura a comprar en el rastro de Madrid, hacia finales de 1841, un estilete con el que pretendía asesinarlo.

Pero la seguridad que llevaba consigo el presidente era tan férrea que era imposible acercarse a él, por lo que el cura Merino cambió de plan y en lugar de cometer un magnicidio decidió que fuese un regicidio, siendo su nuevo objetivo la reina Isabel II de España, cuyo séquito de seguridad, inexplicablemente, era mucho menor.
Cuchillo que utilizo el cura Merino

Planeó cómo colarse en el Palacio Real y el 2 de febrero de 1842 logró acceder al interior y esconderse en uno de los pasillos. La fecha era propicia porque la mayoría de miembros de seguridad de la soberana se encontraban en la iglesia en la que se tenía que realizar ese día un acto religioso con el que presentar y agradecer el reciente nacimiento de la infanta María Cristina, a quien la reina había dado a luz seis semanas antes.

Justo al paso de la monarca por el lugar donde estaba escondido Merino, éste salió al encuentro de Isabel II, que portaba a su recién nacida en brazos, se arrodilló frente a ella como si quisiera pedir algún tipo de clemencia y al hacer la reina el gesto de agacharse para ver qué era lo que le ocurría al religioso (ya que iba vestido con la sotana), recibió una cuchillada bajo su pecho derecho.

Todos los presentes corrieron a auxiliarla, así como a coger a la pequeña infanta y retener al cobarde asesino. En un primer momento se pensó que la reina fallecería, pues se desvaneció y permaneció inconsciente durante quince minutos tras recibir el impacto del estilete, pero afortunadamente tan solo fue una herida que no tuvo demasiada gravedad gracias a los adornos de oro que portaba el grueso vestido de terciopelo que llevaba puesto aquel frío día de invierno y al corsé, el cual terminó de amortiguar la que podría haber sido una cuchillada mortal.

Se organizó rápidamente todo para que el juicio al regicida se celebrase al día siguiente, quedando demostradas todas las prueban incriminatorias e imponiéndole el tribunal la pena capital como condena, que se ejecutaría cuatro días después, el 7 de febrero; día que fue llevado al patíbulo y allí fue ejecutado Martín Merino y Gómez mediante el garrote vil. Previamente se había celebrado una ceremonia en la que se le había degradado de sus derechos sacerdotales.

Representación del día de la ejecución
Las autoridades que investigaron el móvil y motivo del intento de regicidio investigaron cualquier posibilidad de que el cura Merino no hubiese actuado solo y tuviese algún cómplice. Incluso se llegó a señalar como posible instigador o autor intelectual al ambicioso y joven duque de Montpensier, Antonio de Orleans.

Con el fin de que los restos mortales de Merino no se convirtieran en ningún tipo de reliquia para aquellos enemigos de la corona, se decidió incinerarlo y esparcir sus cenizas por la fosa común del madrileño cementerio del norte.

Fuentes: fdomingor / Crímenes célebres españoles de Manuel Angelón


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