Tiempo de reflexión

 Por Juan Romero Sierra



Según el Eclesiastés, «todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora». Así, aun cuando en la relación que sigue a lo anterior no se menciona expresamente, hay, o debe haber, también, «tiempo de reflexión»: tiempo al que los seres humanos, a juzgar por cómo nos crece el pelo, no tenemos por costumbre dedicarle ni un minuto, al revés que el tiempo que le dedicamos a otras cosas de las que no obtenemos ningún provecho, sino todo lo contrario, como es el caso del tiempo dedicado a la «guerra», «matar», «destruir», «llorar», «romper», «lamentar», etc., mencionados en el mismo capítulo, y que tal vez
nos podríamos ahorrar  si observáramos, o incluyéramos en el catálogo, un tiempo para reflexionar.

Cervantes y los libros, ayer y hoy, 22 y 23 de abril, son, en mayor o menor medida, según se mire, y una vez más, protagonistas de ambas jornadas. El primero, Cervantes, por aquello de fallecer un 22 de abril, y los libros debido a la sana costumbre de asociarlos con un día, lamentablemente solo en Cataluña y entre 365 con que cuenta el año. Una rosa y un libro, el día de san Jordi, son, sin duda, el mejor regalo, por lo que entrañan y significan: amor y sabiduría.

A propósito del primero, Cervantes, y su obra cumbre, «El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha», que, en su día, no me limité solo a leerla, tengo escrito lo que sigue, fruto, precisamente, de la reflexión y dada su vigencia y las enseñanzas que podemos extraer y aplicar en cualquier tiempo y edad; con mayor razón, en estas fechas, en las que el caos y la desesperación se han enseñoreado de todo y cunde el desaliento y la resignación: monólogo que figura en «El manuscrito Nomentum» y paso a transcribir.

«Yo leí por primera vez el Quijote cuando tenía quince años; después, volví a leerlo una y otra vez, y otra más, tras documentarme sobre Cervantes y su época.

«La primera de las conclusiones a las que llegué, finalmente, fue que el Quijote es un libro muy serio, y en absoluto una novela de humor, recurso del que se sirve el autor para burlar la censura y describir un mundo cruel, en el que la virtud y la inocencia no tienen cabida.

«La segunda, que tampoco se trata de ninguna sátira cuya finalidad no es otra que ridiculizar un género literario, que, como cualquier otro género, entre mediocridad y mediocridad, produce obras dignas de pasar a la posteridad, como “Amadís de Gaula”, “Palmerín de Inglaterra”, “Don Belianís” o “Tirante el Blanco”, que se salvaron del riguroso escrutinio llevado a cabo en la biblioteca de don Quijote por el cura y el barbero.

«La tercera, que la locura de don Quijote no era tal, ni mucho menos debida al hecho de pasarse las horas y los días leyendo libros de caballería, con los que se deleitaban igualmente todos los aficionados a la lectura, empezando por el cura y el barbero, autores del escrutinio, que los habían leído todos y se los sabían de memoria. En la biblioteca de don Quijote, a mayor abundamiento, había tantos o más libros de poesía que de caballería, con los que también se solazaba el ingenioso hidalgo: dato a tener muy en cuenta.

«En un mundo de locos, en el que reinaban el absolutismo, la ignorancia, el egoísmo y la cobardía, don Quijote era el único ser cuerdo, libre, sabio, generoso y valiente. Sus fracasos eran los propios del que persigue un mundo diferente y pretende cambiar las cosas, estrellándose una y otra vez contra los obstáculos que halla en su camino y la incomprensión de la gente, llámense aquellos molinos de viento, que jamás molerán el grano de los que nada poseen, o borregos esta, tan medrosos y fáciles de dispersar al menor sobresalto, como dóciles y obedientes a los ladridos  de los perros y a la voz del pastor, que los lleva y los trae por el camino que quiere.

«La libertad, de la que tenía un elevado concepto por ser uno de los dones más preciados otorgados el ser humano, al contrario que la tiranía, no se impone, se conquista, y quien ignora en qué consiste, jamás será libre, tanto si vive en democracia como si no, como muy bien sabía don Quijote, que no tenía más ataduras  que las impuestas a sí mismo por él en pleno uso de sus facultades mentales y libre de influencias externas de cualquier tipo, tanto políticas como religiosas.

«La sabiduría, gracias a la cual había conquistado la libertad, como Sócrates o Diógenes, es la cualidad que más pronto salta a la vista en don Quijote, por ser tal el torrente, que raro es el capítulo del libro que narra sus aventuras en el que no queda patente, ora razonando con Sancho sobre cualquier suceso, ora pronunciando discursos, como el de los cabreros.

«La generosidad, tan escasa en la Edad de Hierro como en cualquier edad, en don Quijote era  tal, y tal la necesidad y miseria que había, que no dudó en abandonarlo todo y recorrer los caminos en auxilio de cuantos le necesitaran y pudiera socorrer.

«Mención aparte, por servir de ejemplo para cualquier generación y etapa de la humanidad,  merece el valor del que hizo gala de principio a fin, enfrentándose a cualquier peligro sin que le temblara el pulso. Frente a los leones, que no eran de piedra ni fruto de su imaginación y, por lo mismo, sabía que le iba en ello la vida, tras dictar las instrucciones pertinentes por si la perdía, mientras que los que le rodeaban, todos sin excepción, empezando por Sancho, camarada, no ya escudero, se pusieron a buen recaudo, don Quijote echó pie a tierra y les plantó cara, saliendo, curiosamente, victorioso en la aventura más peligrosa de su vida, dejando constancia, primero, de que, llegado el momento, hay que enfrentarse a lo que sea, por terrible que sea y aunque en ello nos vaya la vida y la perdamos, y segundo, de que no es tan fiero el león como lo pintan, y con decisión y arrojo puede ser vencido y doblegado, para alegría y esperanza de la humanidad.»

Juan Romero Sierra es autor de «El manuscrito Nomentum», novela publicada por la editorial Raíces de la que, dada su importancia, nos hemos hecho eco en el programa «La rueda del misterio».

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